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¿Acabarán “los mercados” con el funcionamiento de las centrales nucleares en España?


¿Acabarán “los mercados” con el funcionamiento de las centrales nucleares en España?

Conviene recordar que en España funcionan 7 reactores nucleares, que en 2013 generaron el 19% de la energía eléctrica; se trata de reactores envejecidos, que comenzaron a funcionar entre 1981 y 1987, expuestos a múltiples fallos técnicos, como lo demuestra la gran cantidad de incidencias que se producen cada año (39 solo en 2013). El riesgo de que suceda un episodio de contaminación radiactiva extensa, o el inicio de una catástrofe a gran escala, no es despreciable.

Una catástrofe nuclear no tiene comparación con ningún tipo de accidente industrial, o con una catástrofe natural; en los 60 años de existencia de la energía nuclear civil, en el mundo se han producido dos catástrofes de este tipo, la de Chernóbil, iniciada en 1986 en la antigua Unión Soviética, marca aún hoy la existencia de millones de personas en todo el planeta, se trata de personas afectadas por enfermedades relacionadas directa o indirectamente con la radiación, u obligadas a desplazarse; sus consecuencias en la vida social y económica de Ucrania y Bielorrusia en los 28 años pasados, son incalculables.

La catástrofe de Fukushima, iniciada en 2011, acaba, como quién dice, de comenzar, pero su alcance escapa ya a cualquier cálculo; han pasado tres años desde su inicio, pero aún no se sabe cuando se podrá acceder a los núcleos de los 3 reactores afectados para conocer su estado real de destrucción; por mencionar solo un aspecto, cada día 400 toneladas de agua altamente contaminada por elementos radioactivos se vierten al océano Pacífico y, llevadas por las corrientes, se dispersan por todo el mundo, llegando a multitud de personas a través de las cadenas alimenticias, otras 400 toneladas se almacenan en depósitos sin que nadie sepa que hacer con ella.

Lo más asombroso es que, según la industria nuclear, lo sucedido en Chernóbil y Fukushima no debía haberse producido en cientos de años, pero ya van dos catástrofes en 60 años de existencia. ¿Cuando y dónde será la próxima? Con el mayor cinismo, los portavoces de dicha industria han pasado a valorar una próxima catástrofe nuclear con los criterios de un accidente industrial cualquiera, es decir, minimizando sus consecuencias; algo que comenzó incluso antes de Fukushima, preparando, de esta manera, a la sociedad para que se "acostumbre" a una posible situación de terror; al mismo tiempo mantienen una intensa campaña para presentar la electricidad de origen nuclear como "imprescindible" ante el declive en la extracción de combustibles fósiles, y a los reactores como una tecnología que contribuye a la reducción de emisiones de gases de efecto invernadero y, por tanto, a la reducción del cambio climático.

La publicación, a finales de julio de 2014, de la octava edición del informe "The World Nuclear Industry Status Report" (Informe sobre el estado mundial de la industria nuclear, en adelante Informe Schneider), dirigido por el consultor y experto energético internacional Mycle Schneider, ha vuelto a recordar que la industria nuclear se halla inmersa en un proceso de declive que viene de lejos. Algunos datos: el número mundial de reactores en funcionamiento en julio de 2014 es de 388, 50 menos que cuando, hace 12 años, se alcanzó el máximo histórico; la contribución nuclear a la producción mundial de electricidad, que llegó a suponer el 17,6% en 1996, alcanzó en 2013 sólo el 10,8%; 43 de los reactores que las estadísticas oficiales de la industria nuclear consideran en funcionamiento llevan parados un mínimo de año y medio; y de los 67 reactores que se consideran "en construcción" en el mundo, 8 llevan más de 20 años "cosntruyéndose", 1 lleva 12 años, y 49 tienen retrasos en sus programas que van desde varios meses a varios años. En esta linea, el Informe Schneider aporta más ejemplos de la decadencia nuclear.

Pero una lectura atenta de dicho informe muestra que, junto a este panorama de decrepitud, se apuntan importantes amenazas. Por ejemplo, sorprende que, con lo que está sucediendo en Fukushima, se hayan puesto en funcionamiento 4 nuevos reactores nucleares en 2013 (3 en China y 1 en la Índia), y que en el primer semestre de 2014, se hayan conectado a la red eléctrica otros dos más (1 más en China y otro en Argentina), y que se haya desconectado solo uno (en 2013, y en los Estados Unidos).

Si consideramos que, pese a la conmoción que supone Fukushima, solo 3 de los 31 países con centrales nucleares (Alemania, Bégica y Suiza, los dos últimos con diversas contradicciones), tienen aprobados programas de cierre ordenado de las mismas; y que diversos países, entre ellos el propio Japón, mantienen estrategias de venta de tecnología nuclear en Ásia, Oriente Medio y América Latina, podemos llegar a la conclusión de que la industria nuclear ha abandonado los ambiciosos proyectos de expansión que desarrolló entre 2001 y 2011, pero ha puesto en marcha una eficaz estrategia de resistencia a largo plazo consistente en mantener la construcción de centrales en países del Tercer Mundo, y alargar el funcionamiento de las centrales nucleares operativas hasta los 60, e incluso los 80 años en todas partes.

Los riesgos de esta estrategia son muy altos y la amenaza, en el caso de España, se consolida; la posibilidad de una contaminación radioactiva extensa, o de un accidente grave, aumenta en unos mecanismos ya degradados por el uso. La sensación de amenaza aumenta todavía más cuando se comprueba que el único ámbito en el que el Informe Schneider apunta vías para un cierre de centrales nucleares es el de las finanzas. Los aumentos de costes de construcción y de funcionamiento se presentan como el principal punto débil de la energía nuclear en una "sociedad de mercado", pero resulta que cualquier persona que conozca mínimanente el funcionamiento de la industria nuclear sabe que los llamados "mecanismos de mercado" le afectan bien poco en paises como España, y como prueba de ello tenemos el caso de Garoña.

NUCLENOR (empresa conjunta de ENDESA e IBERDROLA) decidió unilateralmente cerrar Garoña en diciembre de 2012, en septiembre del mismo año había dejado expirar el plazo legal para solicitar la prórroga de funcionamiento más allá del 2013; la decisión se hizo pública en el marco de una compleja negociación entre el gobierno del PP y las principales compañías eléctricas para fijar los márgenes de beneficios e impuestos de las diferentes tecnologías de generación de electricidad; dicha decisión de cierre se consideró siempre como una medida de presión, acogiéndose al uso demagógico que el PP había hecho de la continuidad de Garoña cuando estaba en la oposición.

El movimiento ecologista y contrario a las nucleares celebró, en julio de 2013 el cierre definitivo de Garoña, pese a que los rumores sobre las maniobras entre la empresa y los políticos continuaban. Se eludió valorar la aplicación de la estrategia de ampliación del funcionamiento de las centrales a este caso, el análisis se limitó a remarcar los elevados costes que suponía mantenerla en condiciones de una mínima seguridad de funcionamiento, y no se realizó una evaluación crítica del hecho de que el anuncio de cierre surgía de la voluntad de los propietarios, y no de la presión social.

Pues bien, en mayo de 2014 el gobierno asumía la voluntad de ENDESA e IBERDROLA de volver a abrir Garoña, y el pasado 30 de julio el Consejo de Seguridad Nuclear solicitaba una ampliación de documentación técnica para autorizar la reapertura con los votos favorables de los consejeros del PP, CiU, y una de las representantes del PSOE, la otra consejera del PSOE formuló un voto particular contrario.

Por lo que se hace necesario volver al Informe Schneider, la importancia que sus autores otorgan a los criterios ecónomicos como determinantes para el cierre de las centrales son la mejor prueba del terreno que la industria nuclear ha ganado en el campo de la propaganda; realidades cotidianas como la contaminación radioactiva continuada que produce, las implicaciones militares, la imposibilidad de asegurar el almacenamiento de los residuos, el riesgo de accidentes con vertidos importantes de radiación, o la amenaza de catástrofes, han desaparecido de la agenda de debate.

Las menciones del Informe Schneider a criterios de las agencias de calficación Standard & Poor’s, Moody’s o Fitch como referentes de autoridad preocupa más que tranquiliza, es bien conocido el papel que dichas agencias han jugado en el estallido de la burbuja de especulación bancaria del 2008 y en las políticas aplicadas posteriormente; el que sus taxas crediticias aparezcan destacadas en la página 145 del Informe contrasta desagradablemente con otros de sus contenidos, aquellos en los que se insinua el rastro de contaminación, sufrimiento, muerte y peligros que Fukushima implica.

En la página 24, el Informe Schneider despliega una gráfica que muestra que, en ausencia de actividades futuras, la energia nuclear se “desvanecerá” en los próximos 50 años; se podría interpretar como una gráfica optimista, pero considerando la voluntad de resistencia y el poder de la industria nuclear, las enseñanzas de Garoña, y la frivolidad con que se maneja el posibilidad de la próxima catástrofe nuclear "normal", lo más sensato es olvidarnos de ella, así como del papel de "los mercados", y trabajar para desplear un movimento social de oposición a las nucleares que haga que los políticos las cierren cuanto antes. Eso si queremos un mínimo de tranquilidad en ese campo para nosotros y nuestros descendientes.

Porque el origen, el desarrollo y la continuidad de la energía nuclear ha sido desde siempre, y como tantos otros casos, un tema político, y político será su final, si no llega antes el nuestro.

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Para mayor comodidad en su lectura se han suprimido todas la referencias que documentan las afirmaciones de este artículo. Aquellas personas interesadas en contrastarlas pueden consultarlas en la página web

REFERENCIAS